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20 de marzo de 2026
Una entrevista a Christian Werner sobre el diseño como práctica coherente, emocional y sin protagonismos, entre método, visión y diálogo con las marcas
Coherencia, mesura y sensibilidad emocional son los pilares del trabajo de Christian Werner. El diseñador alemán repasa su trayectoria formativa, el encuentro decisivo con Dieter Rams y una visión del proyecto que rechaza el protagonismo en favor de un diseño silencioso, concebido para perdurar. Werner relata un enfoque basado en la continuidad más que en la ruptura, en el que técnica y emoción encuentran un equilibrio natural. Una filosofía que se manifiesta con claridad también en sus colaboraciones de largo recorrido con empresas como Ligne Roset, Thonet y Duravit, unidas por una profunda atención a la calidad, al gesto proyectual y a la relación humana.
Entrevista realizada en inglés – traducción y adaptación al español.
¿Cuándo comprendiste que el diseño sería tu camino?
Mi primer encuentro real con el diseño se remonta a 1974. Tenía catorce años y leí en una revista alemana un artículo dedicado a un diseñador. Hasta ese momento ni siquiera había escuchado esa palabra, pero quedé completamente fascinado. En aquellas páginas vi por primera vez una profesión capaz de unir mi interés técnico con una dimensión más artística e intuitiva. En la escuela era un soñador; dibujaba más de lo que escribía, y en ese instante comprendí que ese era exactamente mi lugar.
¿Cómo se desarrolló tu formación?
Después de la escuela me matriculé en la universidad de arte de Berlín Oeste, donde nací y crecí. Más tarde sentí la necesidad de abandonar la ciudad —también por razones simbólicas, ya que el Muro seguía en pie— y me trasladé a Hamburgo, donde continué mis estudios. Allí tuve la oportunidad de conocer a Dieter Rams, que fue mi profesor durante los últimos años, hasta el examen final.
¿Qué tipo de enseñanza te dejó Dieter Rams?
Rams representaba una actitud muy clara frente al diseño, una ética que creo que hoy se ha perdido en parte. Me enseñó que el diseñador debe mantenerse un paso detrás de sus objetos, no colocarse en el centro de la escena. En aquella época no existían los influencers ni la idea del diseñador como personaje público. Lo que importaba era el proyecto, no quién lo firmaba.

¿Abriste tu estudio inmediatamente después de la universidad?
No, no me sentía preparado. Trabajé durante cinco años en un estudio de diseño porque quería comprender de verdad qué significaba ser diseñador en la práctica: la relación con los clientes, el mercado, los procesos productivos. Son aspectos que la universidad no puede enseñar. No fue hasta 1992 cuando decidí abrir mi propio estudio.
Mirando hoy tu trayectoria, ¿cómo la describirías?
Diría que continua y coherente. No siempre ha sido fácil, pero creo que he permanecido fiel a mis convicciones y a mi manera de entender el diseño. No ha habido grandes revoluciones en mi trabajo. Alguien podría decir que es un recorrido “tranquilo”, quizá incluso aburrido, pero considero que la coherencia es un valor. A lo largo de estos años he visto a muchos diseñadores cambiar constantemente de dirección, a menudo solo por el placer de hacerlo. Yo nunca he sentido esa necesidad.
¿Qué importancia tiene hoy la sostenibilidad en tu enfoque proyectual?
La sostenibilidad es un tema fundamental, pero creo que debe abordarse de una forma más profunda y menos superficial. Para mí, como diseñador, la sostenibilidad no es solo una cuestión de materiales, circularidad o reciclabilidad; comienza ante todo con el diseño. Intento crear proyectos lo más duraderos posible, tanto desde el punto de vista formal como estético. Aún no contamos con soluciones definitivas para el problema de la sostenibilidad, pero hemos iniciado este camino, y para mí eso ya es un resultado. Soy optimista de cara al futuro.
Una de tus colaboraciones más duraderas es con Ligne Roset. ¿Qué hace especial esta relación?
Ante todo, las personas, y en particular Michel Roset, presidente del holding que dirige la compañía. Existe entre nosotros una sintonía muy natural, aunque procedemos de dos culturas distintas, la alemana y la francesa, con una historia compleja a sus espaldas. Con Michel compartimos sobre todo el sentido del humor, que es fundamental para comprenderse de verdad.

¿Recuerdas un momento significativo de esta colaboración?
Cuando le envié las primeras imágenes del sofá Prado, me respondió con un mensaje muy sencillo: “Thank you for this very Roset design”. Para mí fue un enorme cumplido, porque significaba que había captado plenamente el espíritu de la empresa.
¿Qué papel desempeña la emoción en tu proceso de diseño?
Un papel central. Michel Roset atribuye al diseño un valor fuertemente emocional, quizá más del que solemos atribuirle nosotros los alemanes, a menudo asociados a un enfoque más técnico y analítico. Por supuesto, la construcción, la inteligencia proyectual y el cuidado del detalle son fundamentales, pero no son suficientes. Al final, diseñamos para seres humanos, que son criaturas emocionales y sociales.
¿De qué manera entra esta dimensión humana en los objetos que diseñas?
El diseño debe hablar a nuestra sensibilidad, no solo a nuestra racionalidad. No se trata de hacer algo decorativo o superficial, sino de crear objetos que transmitan una sensación de calma, familiaridad y relación. Un buen proyecto no se impone: acompaña. Y quizá esta sea, todavía hoy, mi idea más profunda de lo que significa diseñar.