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Para quienes viven entre entrenamientos constantes y desplazamientos continuos, la casa deja de ser un mero espacio doméstico para convertirse en un punto de retorno. Un lugar donde el tiempo recupera su dimensión más íntima y la vida cotidiana encuentra su propio ritmo.
Es en este contexto donde toma forma su primera vivienda conjunta: un proyecto residencial concebido a partir de la necesidad de arraigo, de construir un refugio estable capaz de acoger tanto los momentos compartidos como las pausas necesarias.
Para Myriam, la casa responde a una aspiración esencial: dar forma a un entorno habitable con naturalidad, definido por elecciones sobrias, luz abundante y materiales pensados para perdurar.
El proyecto, firmado por la arquitecta Maria Clotilde Pismataro y acompañado por una cuidada selección de piezas de Mohd, interviene con sensibilidad sobre la estructura existente. Se conservan los rasgos identitarios del inmueble, al tiempo que se redefine su distribución interior, dando lugar a una espacialidad continua, concebida para acompañar la vida cotidiana, también la de Kobe, su perro.
Entrevista realizada en italiano. Traducción al español y adaptación editorial.

“Para mí, tener un lugar al que llamar hogar lo es todo. Es mi refugio seguro, donde sé que encontraré a las personas más importantes de mi vida, Alessandro y Kobe. Es el lugar donde mi familia se reunirá, crecerá junta y donde puedo ser simplemente Myriam, no necesariamente la deportista de cada día.”
En sus palabras se revela una idea de hogar profundamente vinculada a la esfera personal y afectiva. No se trata de un espacio representativo, sino de un lugar en el que reconocerse, donde la vida se construye a través de gestos sencillos y reiterados.

Desde sus primeras fases, el proyecto se define como un entorno pensado para acoger el descanso.
“Su petición era clara: crear un lugar donde poder reencontrarse… esta casa nace con la idea de construir un nido.”

La intervención actúa sobre la estructura original respetando su carácter, al tiempo que reorganiza la distribución. El salón, anteriormente fragmentado, se restituye como un único espacio, recuperando su relación con los techos artesonados. Esta decisión devuelve continuidad y centralidad a la zona de día, que se convierte en el verdadero núcleo de la vivienda.
La luz natural atraviesa los espacios con uniformidad, favorecida por las aperturas y la generosa altura de los techos. A nivel matérico, el parquet de roble recorre todo el apartamento, incluyendo cocina y baños, reforzando la percepción de unidad.

«Hemos elegido un parquet de roble en grandes lamas para generar una continuidad visual y matéricа en toda la vivienda. Las alturas amplifican la luz en su interior.»
Una elección que contribuye a construir un espacio fluido, sin interrupciones entre funciones.

Es en el salón donde la casa encuentra su centro vital. Aquí, para Myriam y Alessandro, se concentran los momentos más habituales del día, especialmente al caer la tarde.
“La noche es mi momento favorito: la jornada se cierra y te quedas a salvo con quienes importan.”

El espacio se organiza de manera continua, permitiendo la libertad de movimiento y favoreciendo la relación entre las distintas áreas. Mesas y piezas auxiliares se integran con proporciones contenidas, sin interrumpir la percepción unitaria del conjunto.
La iluminación, resuelta a través de múltiples puntos de luz, construye una atmósfera más íntima durante las horas nocturnas, acompañando la transición de lo funcional a lo doméstico.
“La fuerza de este proyecto reside precisamente en el contraste sutil entre los elementos de mobiliario, la iluminación y la envolvente histórica que los acoge. Se alternan superficies brillantes y mates, tejidos y piel. La paleta cromática gira en torno a los tonos cálidos de la tierra. Toda la iluminación es cálida, con abundancia de lámparas de mesa y de pie que permiten modular la atmósfera.”

Separada, pero en relación con el salón, la cocina se organiza en dos frentes: una pared equipada y una península central.
“La cocina ha sido concebida como un espacio autónomo pero en continuidad con la zona de día. Estructurada en dos áreas, incorpora una armariada funcional con encimera de acero y una península con una amplia superficie de trabajo que integra la zona de cocción. La península se convierte así en un punto de encuentro familiar.”
Un espacio pensado para el uso cotidiano, donde preparación y convivencia coexisten. Las superficies depuradas y las soluciones esenciales favorecen un uso duradero en el tiempo.
«Sobre la zona de trabajo, destaca una lámpara de fuerte personalidad: la Lampe de Marseille, diseñada por Le Corbusier, que concilia atemporalidad y versatilidad en la iluminación.»

La entrada en la vivienda marca un momento especialmente significativo.
“Ver el espacio terminado fue como materializar un sueño, concebido y deseado durante mucho tiempo. Fue emocionante abrir la puerta y encontrar el espíritu navideño, después de tantos años sin celebrar la Navidad en casa.”
Ocurrió en la víspera de Navidad, dando inicio a una nueva etapa habitada.
La casa se define, en última instancia, a través de la manera en que se vive. También Kobe, que llegó más tarde, se integró de inmediato en los espacios, habitándolos con naturalidad.
“Nos encontramos viviendo aquí como si siempre hubiera sido nuestro hogar.”

Entre la recuperación del legado arquitectónico y una serie de decisiones precisas en distribución y mobiliario, el proyecto configura un espacio coherente, concebido para acompañar la vida cotidiana a lo largo del tiempo.
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